PARA UN CUENTO DE REYES


Podría suceder la víspera de Reyes y en un barrio de las afueras, al sur de la ciudad. Ella ha heredado de sus viejos una casita de dos plantas, con un jardín en el que conviven dos manzanos, un cerezo y un rosal. Ahí viven los dos solos desde hace más de un año, ya han cumplido los treinta, y a unos cien metros pasa la vía del tren. 


          Ella no ha podido terminar Bellas Artes, y él es un aparejador en paro. Habrá caído una buena helada, y cuando él regrese del paseo matinal con el diario bajo el brazo, ella le dirá: “Podías haber traído unos pasteles.” Y casi en voz alta él podría replicarle con algo que aprendió de memoria en sus años universitarios: “¡Qué vanidad imaginar que puedo darte todo, el amor y la dicha, itinerarios, música, juguetes.” Pero no lo hará. Y luego surgirán unos chorros de sol y él saldrá al jardín, y permanecerá un buen rato mirando el césped... Y tras haber dado tres caladas muy hondas al primer canuto del día, exclamará: “¡Estos cabrones de pájaros parece que están de huelga! ¡Hace ya tres días que ni vuelan ni cantan!” Ella entonces enchufará la radio y se quedará escuchando durante media hora su programa preferido de música clásica. Y cuando él regrese de tomar el café en el bar del otro lado de la calle, ella podría decirle: “Mira qué frase de Franz Schubert: ‘¿Ustedes oyeron alguna vez una música alegre? Yo no’. Una frase terrible.”




El cielo se habrá oscurecido, y tras haber comido una ensalada de lechuga y tomate y unas pechugas de pollo, ella morderá una manzana y él se fumará otro canuto viendo caer los primeros copos de nieve tristeza sobre el campo. Y se sentirán como si estuvieran solos en la ciudad más populosa del mundo. Ella entonces le dirá: “¿Por qué no hablas otra vez con ese amigo tuyo de la Diputación?” Y él cogerá sus gafas y las tijeras que están sobre la mesa y saldrá al jardín.

     Podía haberle dicho eso que ha estado pensando: “Antes era el amor el que nos hacía. Ahora tenemos que hacerlo y...” Pero no lo ha hecho. Y cuando él, después de haber podado el rosal, entre en la sala donde ella se ha quedado embelesada leyendo su novela, el ángel de las ruinas encenderá entonces las palabras, las ciudades en que se amaron, sus mercados y sus ríos y cafés... Y como dos locos acariciarán sus pájaros hasta fundir las manos y las plumas en una sola migaja de nostalgia.




Y cuando pase el tren de las siete, ella estará a punto de decirle: “Me gustaría dar un paseo por el centro, ver las primeras rebajas, y tomar una pizza.” Pero recuerda que esa noche él, para ganarse unos cincuenta eurillos, tendrá que disfrazarse de Baltasar en la cabalgata del barrio. Y antes de salir encenderá su cuarto canuto y podría decirle a ella: “Deja la luz de afuera encendida.”


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