NO AL OCASO DE LAS ESTACIONES


    Cabalgo hoy esta columna en el andén de la estación de ferrocarril. Es posible que descarrile entre la furia y la congoja que no puede callar. Podría pasarme un día y una noche aquí, viendo partir un tren y otro tren llegar y detenerse, y entonces un país enorme en prodigiosa revelación...

    El soñar reclama todas las estaciones y está dentro de los trenes. 


    Nací a la orilla de una estación ferroviaria, señora ministra, y desde ella aprendí a escuchar la voz del mundo, un mundo abierto a los puertos de nieve y mar y a los horizontes eléctricos.

   ¡Qué desgarrapieles su siniestra economía reaccionaria! “No se cerrarán estaciones, pero no pararán los trenes”. ¡Qué terrible oración tan descoordinada y descompuesta que huele a cementerio!

   ¿Y asistir entonces al entierro de las estaciones? ¿Y nuestros trenes desembarcando en el puerto de la muerte? No caminaremos afligidos hacia ese monstruoso fenómeno. No ha nacido nuestra geografía para que se le cubra de calaveras su alma.


    ¿Y no ver jamás el rostro de esos pasajeros que viajan con el amanecer hacia el poniente? ¿Por qué ese maldeseo ministerial de arrojarnos por las ventanillas de la miseria? Es el grito de toda una provincia, señora ministra, es la supervivencia de nuestro mundo rural. No nos aprieten más contra el ocaso. 

    Porque el tren del mediodía que para en esta estación nos abre un paisaje como una nube en pantalones preñada de maravillas florales. Y el tren del atardecer que parte hacia el oriente se lleva nuestras plegarias atadas a su pecho... para regresar al día siguiente cargado de jilgueros neofuturistas.


    El soñar se detiene en todas las estaciones y aflora en el corazón de todos los trenes, señora ministra.

 ¿Treinta y ocho trenes a la semana pretenden estrangularnos? Como si treinta y ocho huesos nos extirpasen de nuestro esqueleto sentimental. ¡Y los cuentos y relatos que sucedieron y sucederían en las cantinas y andenes de nuestras honradas estaciones provinciales! Lean el fuego que nació con ellos, y déjense de acribillarlos.

   Al cobijo de esta estación primaveral lanzo mi rabia entre raíles. No nos jodan los viajes de la pajaración.


   Y ya me detengo. Ahí se está parando el tren que silba una canción de la tierra en clave de sol.

  Siempre estaré naciendo a la orilla de una estación ferroviaria, señora ministra, escuchando día y noche la voz del mundo abierto a los trenes de la dicha y el mar.


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