LA QUINTA DE LOS TEMPLARIOS

    La Quinta de los Templarios es el lugar con más encanto que Enrique Gil fundó en la cartografía romántica de El señor de Bembibre.

    Contempladas desde el jardín de esta quinta, amigos, las puestas otoñales de sol son de otro mundo. 


    Semioculta entre las brumas verdes del poniente, durante más de siete siglos ha estado ahí parpadeando, en una colina de suavísimo declive que moja sus pies en las místicas aguas del lago de Carucedo.

    La Quinta de los Templarios no cabe en las guías de nuestra geografía real, que se ha ido quedando pobre de sortilegios y aventuras. En realidad la Quinta de los Templarios es un lugar que existe en el futuro perfecto del verbo fantasía. ¡Nunca sea sometida a recalificación urbanística!


   La labraron los templarios en tiempos de su mayor esplendor, y en la imaginación de Enrique Gil era la quinta un edificio primoroso para fortaleza, “porque todos los frágiles adornos y labores del gusto árabe se juntaban en sus afiligranadas puertas y ventanas y en los capiteles que coronaban sus almenas.” Sus ruinas aún nos piensan en clave de sol.

   Se asoma uno a su mirador al anochecer y aún avista entonces la falúa en que Beatriz, cubierta con una especie de almalafa blanca muy sutil y con los cabellos sueltos, parecía una nereida del lago.


   Las áridas cuestas del monte de los Caballos hacen espaldas a esta hermosa quinta. Venid en son de fantasía y oiréis en su jardín el gorjeo medieval de los jilgueros, las calandrias y los mirlos galaicos. Y podréis descubrir la escalera por la que bajaba Beatriz a sentarse en el banco de su desolación, bajo un toldo de jazmines. Y aun los vestigios de la capilla donde encargó que la enterrasen. Ahí en lo más profundo del agua recogida yacen los restos inmortales de la tísica Dama del Lago.

   De sospechosa realidad, es sin duda esta Quinta de los Templarios una de las siete maravillas de la República de Almendros. En ella se puede entrar a hacer el amor hasta el alba del alhelí... y aparecer vestido de comendador revolucionario con la melena blanca y apostólica. Y me atrevo a deciros que sus emparrados constituyen el único espacio ideal del Noroeste Atlántico para convertirse al anarquismo lírico. Los más bellos caballos azules he visto yo trotando por sus hierbas eucarísticas. Y ya he dicho que contempladas desde su mirador las puestas otoñales de sol son del otro mundo.





POR LA CALLE ANCHA

     Por la calle Ancha de tus ciudades se oyen cada vez más historias de insomnios, de vértigos que se contagian, de miedos a males apenas conocidos...


   Sale la gente normal del café donde ha olvidado su dicha, respira el frío traspasado de huesos, y empieza a caminar como si el día no fuera más que una dolencia. ¿Qué hay detrás de esos ojos que no duermen? ¿Qué paranoias se le han pegado a las telillas de su alma?

  El que cuenta que vive de milagro en un sucio apartamento, un cuchitril que abre sus dos únicas ventanas a una miseria de patio de luces, en el barrio de Milvientos.


   El que enumera a gritos y sin vergüenza alguna todos los síntomas de una depresión de caballo que padece desde la adolescencia.

    La que ha contraído una enfermedad venérea muy dañina, un virus de papiloma humano que podría acabar infectando todo su cuerpo y entonces el cáncer cervical.


   La que dice que escribe en un diario versos que son un desastre pero que con ellos a veces espanta las ausencias que la asaltan a partir de medianoche.

  El que tiene pánico a contraer la hepatitis C y se caga entonces en las madres de los hijoputas que han subido a las nubes el precio de los fármacos.

   El que fue albañil feliz levantando muros y ahora tiene un dolor que apenas le deja hablar, le cuesta construir una oración simple, se siente como cadáver ambulante.


   La que lleva más de un año y medio sin asomarse a las ventanas del sexto piso donde duerme sola, acrofobia le han dicho que se llama ese miedo suyo a las alturas.

   Por la calle Ancha de tus ciudades rueda gente normal como buscando el sol de las ruinas, gente que no escribe en el friso del atardecer grafitis neorrománticos pero que deja a su paso nardos de esperma y desolación. Solitarios, parejas sin pasión aparente, hartos seguramente de las mentiras del presidente y de la vicepresidenta y del fiscal general y de la madre que los parió a todos los que continúan jodiendo este país...


... Gente con el baipás coronario para que no le siga engañando el corazón, o con la píldora que calma los nervios de la angustia a flor de hiel, o con la almita sencillamente hecha polvo... El arpa de sus voces divide en dos terneros la luz de este café de Enrique Gil. Y entonces la poesía, amigos, entonces la poesía sí que se concibe como un artículo de primera necesidad.


POR LOS VENTANALES DE ENERO

    Vamos como podemos subiendo la vida de enero, mirando hacia atrás, a ver si deja de doler... y hacia las paredes como soles por venir.

   Hay ruido de melancolías amargas en el café de Enrique Gil. Por el ventanal que se abre hacia las frágiles avenidas del este hemos visto cómo se desplomaba una cornisa de la catedral de León.


—Nadie debería exculparse del desastre, salvo que tenga pacto con el Diablo—, dijo el marqués de Carracedelo.

—Antes habían avisado las temibles gárgolas. Y los frescos que se están pudriendo en las iglesias... Así que a este paso se acabará levantando un templo a la miseria de nuestro patrimonio religioso y para qué hablar del industrial—, remató el espía de la Puebla.


  El iluminado del Burbia se mesó entonces la barba y comenzó a leer en voz alta y eclesiástica fragmentos del Bosquejo de un viaje a una provincia del interior: vedlo ahí sentado, a nuestro bardo de la Niebla, escuchando con emoción las bellas oraciones que a la luz del Romanticismo nórdico dejó escritas sobre las catedrales de León y Astorga y los monasterios del Valle del Silencio:


...Con la irrupción mahometana, abandonado de los fieles, se vino a tierra el monasterio de San Pedro de Montes y, cuando tres siglos después quiso volverlo a su antigua fama y santidad san Genadio, obispo de Astorga, sólo encontró un montón de escombros, zarzas y malezas en el antiguo jardín...

—¿Quién no ha sido seducido alguna vez por el íntimo encanto de lo vetusto? No es necesario creer en ningún Cristo ni renegar de su Santa Madre...— estaba sentenciando el lunático de Cornatel, “pelo y barba como de plata, pero ágil y fuerte en sus movimientos como un mancebo”, cuando entró en el café el doble del conde de Lemos anunciando la venganza de los bosques...


   Y por el ventanal del sur vimos entonces pasar una manada de jabalíes, de las cumbres del Pajariel habían descendido hasta el barrio de la Estación, andaban haciendo su ronda nocturna en busca de qué astros... 

    Y fue cayendo una luz sobre la mesa del cazador de la Cabrera, y el hombrecito comenzó a repasar algunos fríos, el frío que se pasa en su aldea condenada a la despoblación, el frío que pasan los barrios del oeste de la ciudad, el frío de los indignados silenciosos y los emigrantes que un día habrán de volver... Y hubo una especie de apagamiento general cuando aludió a los salarios absurdos que cobran los más humildes de su barrio...

   Y así vamos subiendo en el café de Enrique Gil la cruda vida de enero, mirando hacia atrás, hacia los pedacitos románticos que aún nos duelen, y hacia la reverberación de los trenes como utopías por venir.


CAFÉ DE ENRIQUE GIL

     Os saludamos hoy, amigos, desde el café de Enrique Gil. A orillas del Sil se ha levantado, frente a los muros del castillo del Temple, sobre la niebla más anárquica del Noroeste Atlántico. Y en la noche de su inauguración se leyeron cuentos y poemas de terror antes de que apareciera por el este la luna llena de pájaros errantes y tuberculosos...


–Podríamos volver a ser dichosos en este bellísimo café romántico–, dijo el marqués de Carracedelo.

    Y con él acudieron el barquero de Flores del Sil, el guarda lunático de Cornatel, el peregrino del Burbia, la gaitera de Cacabelos, el reportero de Bembibre, el juglar del Cúa, la pitonisa de Cuatrovientos, el espía de la Puebla... Álvaro y Beatriz llegaron vestidos como dos jóvenes hipsters recién escapados de una novela negra y se sentaron en la quinta esquina del café. Antonio Pereira bajó por la escalera de los sueños del último tren declamando A la memoria del general Torrijos... 


    Y se encendieron entonces los dioramas del mundo más fascinante de Enrique Gil: las catedrales de León y de Colonia, las abadías de Laach y de Carracedo, los cementerios de Ponferrada y de Frankfurt y los barcos por el Rin... Y a través de los ventanales comenzamos a ver las diabólicas galerías de las Médulas, las místicas aguas del lago de Carucedo, la misteriosa quinta de los Templarios, la barca en la que paseó por última vez el ángel de Arganza, el monasterio donde yacen los restos del señor de Bembibre...


    Hay estampado en cada mesa y en cada columna del café un fragmento de Enrique Gil, un jirón de su romanticismo ecléctico y septentrional. Es un café pintado con las coloraciones de las utopías, y los caballitos de mar que trotan por el diorama de su bahía son todos del color de la sangre. El café de Enrique Gil es un viaje hacia las ruinas que aún nos quedan del Romanticismo y hacia el vértigo de ese nuevo mundo que aún deseamos construir. Es más que un café de barrio menestral, un café herido de literatura que cala hasta los huesos. El café de Enrique Gil no debería terminarse nunca.


    Así que aquí nos reuniremos, amigos, semana tras semana, cada miércoles y jueves de este "Año Romántico", con Enrique Gil y los personajes de su imaginación... Y no nos temblarán las manos cuando tengamos que disparar contra los demonios de los gobiernos nacionales, provinciales y municipales y contra todos los mangantes, cabrones y fanáticos que día a día tratarán de jodernos...

      ¿No os gustaría entrar en el café de Enrique Gil y vivir al menos una hora entre aromas y brumas de romanticismo?

–Podríamos volver a ser dichosos en este bellísimo café–, volvió a decir el marqués de Carracedelo mientras brindábamos por la memoria del Bardo de la Niebla.


UN VIAJE DE INVIERNO


    En la sala de espera de su tren ella no le dirá que el invierno se parece a su país. Cruzarán la noche española sin echar un solo sueño. Al principio los tratarán seguramente como a emigrantes del más profundo sur. Y de tarde en tarde se abrazarán al alegre despertar de pájaros en las fiebres de su aldea atlántica. Nadie les ha enseñado a sobrevivir en los arrabales del exilio.


     La última imagen que se les ha grabado en su nostalgia es un teatro de León en ruinas, un hermoso teatro que no hace mucho tiempo escribía versos a la ciudad y entonces era aún más esbelta la catedral y la plaza de San Marcelo con más sol y qué cultas todas las tascas del barrio Húmedo y su algarabía mozárabe...

     En la sala de espera de su tren recuerda ella el bosque que tenían, un bosque del Noroeste del que salían olores a gaitas requemadas, el bosque que sostiene los muros de nuestra indestructible mitología celta. ¡No haya noche negra nunca en sus árboles, no quemen sus alimentos los bárbaros de la Desalmación! Los lobos, los corzos, los urogallos, los jabalíes, empiezan la subsistencia con su invierno. Y las deidades que lo habitan purificarán desde la noche del solsticio el aire de su madera y todos los manantiales de la resurrección.


     ¿De qué más no se olvidan en la sala de espera de su tren? Algo le está creciendo a ese juglar callejero entre la boca y las cuerdas de su música. No se ve el dolor que sale de su animal. Al borde del andén ahuyenta con su violín las soledades de otro invierno más que viene amenazándonos. Pasan los viajeros como bestias frente a él. Y aun así oyen entonces ecos del pasado que los devoró. ¿De qué literatura está hecha la materia que desalojan sus canciones? Si no tocase su instrumento, la superestructura cultural de la estación y del barrio entero desaparecería.

    La nieve de su invierno arde. No se olvida ella de aquel pobre vagabundo que pasaba pidiendo la limosna del Año Nuevo por los pueblos nevados de la Cabrera, el mismo peregrino que pasará por los pueblos y villorrios de la Maragatería y la Omaña y el Páramo y la Montaña de Luna... En la mano que aún le tiembla hay el poema de que se parta el mundo en siete mil millones de pedazos que den para comer. ¿Dará alaridos por montes y por valles si no le dan el pan que necesita?


     En la sala de espera de su tren aparecerá gritando el loco de la estación y les preguntará por qué siguen bajando el precio del barril de petróleo los hijoputas del Oriente. Y entonces se subirán al tren de las Emigraciones y a nadie más dirán adiós. Cruzarán la noche española sin echar un solo sueño. Al principio los tratarán seguramente como a emigrantes del más profundo sur.


CUENTO DE ANTES DE NAVIDAD

     Todos llevamos grabado en lo más profundo de nuestra piel un cuento de Navidad. Un cuento que es como una aldea cubierta de nieve en la noche que está estrellada... Un cuento como un río de papel plateado y alrededor del fuego un cantar con dos o tres animales domésticos que miran al camino lleno de musgos que se pierde por el oeste... 


    ¿Y qué esperábamos? El fuego se acaba haciendo ceniza, compañeros, pero no hay manera de extirpar ese polvo de la piel del alma. La infancia no termina nunca de pasar. Y pesa tanto como las ausencias...

   ¿Quién ha dicho que en el cuento no aparecen pobres? Pobres y más pobres y rebaños de resignación. Aparecen también vagabundos que llaman a las cosas por su nombre. Y hombres y mujeres que a la puerta del bar fuman su ansiedad y hablan en voz baja del porvenir de los mineros y los estudiantes...


    Ahora mismo está nevando sobre la república del cuento. Los pájaros que ya durmieron se posan en las ventanas por si les echamos de comer, pobres pájaros hambrientos. Pasa un tren que pide perseverancia hasta el triunfo final. Y en la quinta esquina del barrio del río sigue esa mujer arrojando palabras como témpanos que terminarán construyendo un bosque lácteo. Dicen los más viejos que esa mujer es una poeta.


    Nieva mansa y copiosamente en el cuento de Navidad. Y en la escarcha del año vencido algunos niños patinan con algazara rural. Se van encendiendo los árboles... Y el humo con que se cura la matanza. Están trémulos los caballos en las colinas de su desolación. Es un acto maravilloso andar sobre la nieve. Y se inaugura en la taberna del Minero un campeonato de brisca. Los jóvenes en paro que ahí se han reunido siguen sin entender el discurso del presidente del gobierno nacional...


    Ese cuento de antes de Navidad vuela de aldea en aldea, de conciencia en conciencia, buscando el fuego que lo alumbre. En ese cuento la infancia no termina nunca de pasar. Y su geografía no entiende de olvidos. Se nos agarró a la piel y nos prendió la utopía a que estamos condenados. Y exige su silencio: el silencio de la nieve, casi sobrenatural. Es un cuento como un país de nieve... Cae mansa una nieve blanquísima sobre la república del cuento... Y nieva, nieva tanto... que tengo miedo de que al terminar esta última línea quede toda la columna en blanco.


SÓTANOS DE DICIEMBRE

   Descender a los sótanos de diciembre... Y andar entre nieblas por el barrio pisando otoños mal nacidos, tropezar contra la oxidación del patrimonio industrial, sorprender al zapatero vendiendo su mono de trabajo, preguntarle a la vecina por qué han cerrado el bar donde limpiaba.


    Bajar a los subterráneos de diciembre... Y ver cómo crecen entre el portal y la calle zapatos que no regresaron, decir adiós a la locomotora que nos llenaba de sol, escuchar en la cola del paro las bastas consignas patrióticas del presidente del gobierno nacional, echar de comer una zanahoria a ese caballo gitano que tiembla frente al río, 


decir de nuevo adiós a la locomotora Funkenstein 020-T que se llevaron rumbo a Alemania, caerse por el sur de la ciudad y oír los ecos del pavor de las aldeas, sentir cómo se estrellan sus gatos escuálidos contra el camión municipal de la basura, quedarse a la puerta del despacho de lotería contando el número de ilusos por minuto, mirar cómo bailan cuatro chicos mamados el rap de la masturbación de los esqueletos entre las vías del tren.


    Atravesar las crudas sombras de diciembre... Y perderse por la calle de las Angustias y saludar a ese mendigo nuevo que parece un príncipe rumano de las tinieblas, pronunciar los huesos que no se quemaron ayer en los andenes de la estación de autobuses, hablar con el porreta que perdió su dosis y comprobar la temperatura de su escarcha, 


asomarse al puente de los Peregrinos y compadecerse de todos esos patos epilépticos, penetrar en el frío del supermercado y preguntarle a la pescadera a qué precio se pondrá el sábado la conciencia congelada.

   Sumergirse en las honduras de diciembre... Y darse de bruces con el último parado del barrio que se cuece en la taberna, comprobar que también los proveedores de poesía se quedan más desamparados que una goma de borrar, echar de menos al burrito que hacía los belenes, 


vislumbrar en las lejanías nevadas la floración de los bosques filológicos, viajar despacio hasta los pueblos ya sin vacas y decir adiós más de tres veces a los urogallos y los lobos, acercarse a la fogata que han hecho en el arrabal los desahuciados y beber con ellos el vino de la consolación...

    Los sótanos de diciembre no dejan bien dormir, siempre están metiéndonos por el ojo la pesadilla que les muerde la cola, en las temperaturas de sus huecos nacen musgos atados a desastres... Hay que bajar a los sótanos de diciembre para espantar tanta mentira.