LOS PÁJAROS DEL COMITÉ CENTRAL


    Todos los días pasan volando noticias sucias por aquí, compañeros. Aparte de esos suicidios de algunos árboles y truchas, aparte de esos robos de raíles de vías muertas, sucede últimamente que los pájaros del comité central del barrio arrojan cagadas descomunales cada vez que oyen piar al presidente del gobierno, a los expresidentes de los gobiernos anteriores, a la vicepresidenta del gobierno actual, al presidente de la Generalitat, al líder del Partido Socialista Obrero Español, a la presidenta del Partido Popular de Castilla-La Mancha...


    Los pájaros del comité central del barrio son unos guarros, no cesan de arrojar cagadas descomunales contra los bancos del paseo, las puertas de los garajes, las terrazas de las tabernas cada vez que oyen piar a la lideresa de Unión, Progreso y Democracia, al líder de Ezquerra Republicana, al coordinador federal de Izquierda Unida, a los líderes y colíderes de Podemos, al líder del Partido Nacionalista Vasco...


    Los estoy viendo volar y no salgo del asombro, qué hijoputas, y cómo van buscando también las cabezas humanas donde derramar sus pestíferos excrementos, como si quisieran morirse de gusto diarreando nuestras conciencias...

    Nos están acojonando estas últimas tardes esas palomas, esos aviones, esos pardales... ¿Por qué los pájaros del comité central del barrio arrojan enormísimas cagadas cada vez que oyen piar al líder del Partido Socialista de Castilla y León, al presidente de la Comunidad del Páramo Infinito, al secretario de organización del Partido Socialista de los Trabajadores de Ninguna Parte, a los senadores populares y socialistas por la provincia de León y la república del Bierzo?


     Antipolíticos, comunistas libertarios, ácratas de corazón y sexo, eso serán, pero nos ha costado saber por qué estos pájaros del comité central del barrio se pasaban ahora el día bombardeando su mierda contra nuestras miserias... Y no pían los muy cabrones, no avisan, atraviesan a velocidades supersónicas los pobres cielos que nos cercan y de golpe... ¡zas! Así que los habitantes del barrio nos juntamos como podemos y entonces les silbamos pasodobles y muñeiras para desviarlos... ¡Hijoputas! Ni con muñeiras ni rumbas ni ritmos raperos logramos alejarlos. Ayer mismo una chica de unas veinticinco primaveras recibía una durísima cagada de paloma en plena nuca, y se fue calle abajo golpeándose los pechos y blasfemando contra el rey... 


   ¡Malditos pájaros del comité central! ¡Estáis dejando bonito el barrio!


POR LAS CALLES DEL MERCADO


     Deambulaba yo ayer por las calles del mercado municipal, es como una montaña ahí el grito de la muchedumbre entre los puestos de flores y los tenderetes bajo el sol, el pan nuestro de cada batalla ofreciéndosenos limpiamente sobre el estruendo de los colores y los vegetales... ¡Está bella en junio mi ciudad encendida de verde y de cerezas! 


   ¿Qué pueblo está gritando en estas calles? Y al preguntármelo lo descubría pronunciando palabras como árboles, palabras que soltaban pájaros, como si volvieran a nacer a un nuevo mundo. Con la boca llena de naranjas malhablaban de los últimos reyes de España los gitanos. Y batían palmas al oír que algunos payos decían que la república tercera podría llegar y dar a todos de comer. ¿Monarquía o República? Era un placer detener el paso y contemplar cómo brillaban los fréjoles y las cebollas al contraluz del tiempo. A mí me parecía que caminábamos todos como si fuéramos navegando en el mismo barco. Por esas calles turbulentas es necesario pasar de vez en cuando y recordar el tacto de los frutos de la tierra.


    ¿Qué pueblo estaba gritando en el mercado? Ahí un gran trozo del país que entre todos hemos venido construyendo. Súbditos derramando olores sofocantes, olores que brotaban de las viejas huertas y los gallos y aquellos otros animales domésticos que se dejaron abandonados en los corrales de la aldea... Pero todos decían palabras llenas de sombras, blasfemias, maldiciones... Ahí estallaba un país como una bestia en celo. ¿Monarquía o República? Y salían plumas ardiendo. Y era un placer contemplar los labios colorados de la pescadera y sus dedos trenzando el dedal de su pasión republicana...


   Vale la pena cruzar por esas calles las mañanas de mercado. Ahí la indolencia de un pueblo más rabioso y más alegre que instruido. Ahí la poesía de la economía derrotada, el grito de los despechados hecho verso nerudiano. Y ver cómo se abren las pieles sudorosas al rozarse los tensos silencios, y escuchar cómo crepitan en sus cajas las legumbres y los cardos. Vale la pena atravesar el tiempo por esas calles y descubrir que sin mordaza en los labios ese pueblo tiene mucho pensamiento que decir. Ahí la danza de las estaciones entre la carne roja y las patatas, ahí la declaración del corazón por un país más noble y democrático. A mí me pareció que circulábamos todos como si fuéramos navegando en el mismo barco, pero ya sabéis que soy bastante iluso y...


CALAMBRES DE CONCIENCIA


   Recopilando aumentaciones he estado estas últimas tardes, y puedo adelantaros que tantos aumentos reunidos en una triste página causan fortísimos calambres de conciencia. Aumenta el número de niños que empuñan un revólver, aumenta el número de parados que no buscan empleo por desánimo, aumenta el número de rosas aplastadas contra los alambres que bordean las vías del tren. A la orilla del barrio desnudo los oigo jadear de rabia.


   Aumenta el número de ciudadanos propensos a ilusionarse con cualquier árbol/pájaro, aumenta el número de multimillonarios, aumenta el número de españoles que viven solos... Así viajan los más ilusos por los túneles de la despoblación. Aumenta el número de niños en situación de pobreza, aumenta el candor primaveral, aumenta el número de cabrones por kilómetro cúbico. Váyanse a la mierda los verdes sudores de mayo.


     Aumenta el número de frikis y de perroflautas, aumentan las lluvias escondidas en los diccionarios, aumenta el número de maletas que se pierden en los aeropuertos. Desde la puerta del bar se ve bonito el suburbio. Aumenta el número de medusas en las playas del Noroeste, aumentan los suicidios por desahucios, aumenta la violencia que se parece a mi país. ¿Será entonces cierto que los ríos se llevan los dolores?

   Aumenta el número de poetas de barrio, aumenta el número de hipotecas sobre viviendas, aumenta el número de cielos que amanecen con melancolías depresivas. ¡Pues que no se callen los cuentos que disparan contra los viejos teoremas sociológicos! Aumenta el número de humillados en las fábricas, aumenta el número de prostitutas en las carreteras secundarias, aumenta el número de políticos en estado lamentable. Cada vez que a medianoche atraviesa el barrio un tren de mercancías trepidan los muros de la casa municipal.


   Aumenta el número de lectores de grafitis repulsivos, aumentan las exhortaciones a desaparecer dignamente de este mundo, aumenta el número de pijos que exhiben sus trajes de asalariados en las oficinas de la nada. ¡No estrangulen entonces los espejos que delatan las enfermedades neoexistencialistas! Aumenta el número de excombatientes de la Santa Transición que necesitan tratamiento psicológico, aumenta el número de rosas aplastadas contra los alambres que bordean las vías del tren (ya lo he dicho), aumenta el número de muertos por negligencia del Estado...


   ¡Estos huesos/calambres de conciencia primaveral! Y luego el número de chimeneas que se derrumban, y tantos geranios que estallan de ira cada tarde, y más puentes que se alzarán con olor a pólvora...


FANTASÍA Y FUGA EUROPEÍSTAS


    Encuentro a Morlito en el bar más cutre del barrio, ahí está sentado abriendo y cerrando sobres de propaganda electoral. Morlito bufa, rezonga, suelta extraños cagamentos. Le invito a un ron con limón, y se quita entonces su gorra de SuperMario para declararme en voz muy alta:

—Estas elecciones están patas arriba, colega.


   Morlito tiene un nido de papagayos en la frente, así de grandes, y un corazón que a veces no le tiembla. Le pregunto a qué partido estaría dispuesto a dar su voto y me responde:

—Si lo pienso por la noche, se me alborotan los papagayos. Si lo pienso por el día, me duele el pensamiento.


   Y se tapa con una papeleta doblada el ojo izquierdo, y se queda un momento así, como si escrutara las alas de una mosca o de una bruma... ¿Qué ves, Morlito? Y luego, con otra papeleta cuarteada se tapa el ojo derecho, y parece un ladrón de documentos, y brama al fin como quien descubre en pleno bosque una bandada de urogallos. ¿Qué has visto, Morlito?

—Cuando miré por el derecho, vi una puta vestida de rosa. Y cuando miré por el izquierdo, un billete tan grande como una braga azul.


     ¡Joder, Morlito, cómo has salido esta primavera del centro de salud mental!

   También yo tengo el corazón muy ácrata estos días, Morlito. No, no debería morirse la fantasía europeísta, esa constelación mental y sentimental que descubríamos a la ventura viajando en autostop... No más lejos que las calles de tu país, Morlito, están la vía de las Cuatro Fuentes de Roma, la Karl-Marx-Strasse de Berlín, el boulevard de Clichy de París, la calle Fenice de Venecia... Esas arterias deberían seguir rugiendo en el mapa de nuestras mitologías progresistas. ¡No más fronteras, que el Rin sea para todos, viva la federación continental! Ese era ya el ideal de Víctor Hugo, Morlito...


    Nada tan hermoso como atravesar países que piensan la misma música/poesía. También Mafalda defendería la ilusión europeísta, Mafalda, que no por casualidad ganó ayer el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, Mafalda convocando la asamblea de las mujeres libres de la bella Europa en lucha contra las bestias que vendrán a raptarla...


    Pero él sigue a lo suyo, repasando las listas de diputados al parlamento europeo. ¿Votarás entonces, Morlito? Morlito no sabe si está censado en Ponferrada, en realidad no sabe si está empadronado en algún ayuntamiento. Así que termina su ron con limón, recoge el enjambre de papeletas y de sobres, lo estruja, lo apelmaza, y lo convierte en una bola que parece un continente... La huele, y dando saltos de alegría sale del bar gritando:

—¡Esto es una bomba! ¡Esto es una bomba!


LOS CHICOS DEL BARRIO


    Enfermarán de depresión, seguramente, casi todos los chicos del barrio.

     Cae sobre sus cabezas esta tarde el lenguaje del absurdo como un diablo en llamas. Los chicos de mi barrio no se callan para escuchar el fragor del mundo en estado de violencia. Y silban en los portales para distraerse con las cagadas de paloma. Ignoran que existe un ministerio del Interior y otro de Justicia que podrían perseguirles y castigarles por depravados indeseables canallas apologistas del crimen en las redes sociales...


    A veces tiemblan de nihilismo y gritan contra los muros desconchados hasta reventarlos. Cruza la ciudad un tren anunciándoles el peligro mortal que corren los rebecos en la cordillera y reaccionan como si les hubiesen carbonizado los oídos. No creen ni en las amapolas ni en el humor negro. Y no parece que vayan a tener alguna vez ganas de llorar... Sin embargo muchos de esos chicos podrían enfermar de depresión antes de que pasen cinco años.


    Escuchan las detonaciones que inundan los puentes de sangre real y entonces se atropellan buscando desesperadamente ojos y huesos de cadáveres virtuales. Si ven paseando por la calle a una pareja con un fuego en las manos, rebuznan: los chicos de mi barrio nunca han oído hablar del “estado de buena esperanza”. Se pasan por el forro de los huevos los argumentos morales contra la violencia de género, y tanto su país como eso que llaman Europa les importa un pito. La cartografía de sus sueños será como una ciénaga. En realidad nos dan pena estos chicos que prematuramente serán arrojados al hospital de los ciudadanos depresivos.


    Y ahora que estamos en campaña electoral, permitidme que os hable de estos chicos de barrio que andan a golpes con “esos carteles pintados de cadáveres”, que se escapan de su casa y acaban tropezando borrachos contra el vacío social... Inquilinos de la profunda desilusión política, ¿qué futuro se les habrá encendido en su conciencia? Pero nadie hablará de ellos en los mítines europeístas, nadie se acordará de esos chicos a quienes la realidad les resulta cada día más absurda, extranjeros como aquel Meursault que podrían llegar a matar a una chica por nada...


    Me lo decía ayer uno de mi barrio:

—Rompemos sin ganas un contenedor de basura y luego les echamos la culpa al perro que caga contra la hierba y al camión de los bomberos que pasó por aquí a toda hostia.

    Y sin embargo enfermarán de depresión, sí, muchos chicos de nuestro barrio serán prematuros ciudadanos depresivos.


CADA VEZ MÁS ABUELAS


     Cada vez más abuelas por estas calles, abuelas no menos reales que un concejal de Apicultura o la orilla de un río truchero. Cada vez más abuelas paseando despacio la tarde, rehilando el tiempo en la plaza de los Olvidos, abuelas sacudiendo el polvo de su corazón en las tabernas y cafés, poniéndole unas gotas de cordura a este país que en balde se desarma...

—Vamos mejor de lo que esperábamos, abuela. Deje de arrastrar esa pesadilla del desahucio.


     Adiós al último tren que pasó cargado de antracita, adiós a los soles y lunas que no le devolverán la huerta donde pacía su alma. ¿Suspira usted por la sombra de aquel peral que embalsamaba sus crepúsculos? ¿A qué fuego maldito se refiere cuando habla del presidente del Gobierno? ¿Jura que en su dura vida no participó en ningún negocio deshonroso?


  Vagan las abuelas con sus sueños más o menos progresistas, se asombran de lo absurdo que está hoy el mundo. Y se arraciman frente a la Casa Consistorial y la Oficina del Desempleo, mujeres que improvisan soflamas contra la desvergüenza de los mangantes municipales, abuelas que señalan con sus agallas el culo de esos políticos que todo lo corrompen.

—Vamos mucho mejor de lo que nos prometieron, abuela. Deje de quejarse del lamentable estado de esas dos chicas de suburbio. ¿Cree usted que van embarazadas y con pensamientos de abortar?


    Adiós a los mástiles del feminismo, mujeres hermosas a sus sesenta y setenta y tantos años, mujeres que gritaron con los pechos bien erguidos en las manifestaciones de la Transición y las fiestas del pecé, ácratas que se acostaban tiritando de estrellas dadaístas y hacían huelga de labios caídos contra los machorros que las concebían como putas o las reputaban de santas.

    ¿Adónde vais tan deprisa, abuelas, con las palmas de las manos abiertas? ¿Huis tal vez de la aséptica felicidad del geriátrico? ¿O acaso pretendéis encender en plena calle la mecha de las sublevaciones juveniles? ¡Ruge el río cuando cruzáis el puente del coraje!


  Cada vez se ven más pensionistas, viudas alegres, desterradas, visionarias, mujeres como árboles que blanden sin pudor/con rabia los huesos de la memoria y otras islas... Y entonces nos figuramos esta tarde que sin ellas podríamos estar aun más pobres, y nos subimos a las aceras donde plantan sus geranios y ahí nos quedamos escuchando a las abuelas que hablan del mañana como quien habla con el sur.

—Vamos peor de lo que don Mariano y sus ministros nos anuncian, abuela. Pero deje de consumirse con la maldita pesadilla del desahucio.


JARAS DE MAYO HASTA EL SIL


    Era limpio el sudor que le quitaron. ¡El trabajo que le jodieron! Y ahora tendrá que perderse por los alambres de la ciudad. A ver si cae algo con que perder el miedo y llegar a casa sin alma de ataúd. Esta ciudad cuya sangre huele a instinto de supervivencia, a desastre tecnológico.

—En mi puta vida he probado alguno de esos psicofármacos.


    Perdería el culo por conseguir que lo contratasen otra vez en ese bar de carretera. Saca la mano del bolsillo del pantalón y enseña una cicatriz que aún le palpita. Se le fue la mujer hace un año. Y uno de sus vicios son las cartas, el póquer le produce fiebres que no le dejan dormir. Hay timbas en esta ciudad que espantan al más curtido. Y le da la risa la palabra “tahúr”. Bueno, una o dos veces al mes se deja caer por la aldea a ver a los viejos. El otro día se levantaron y empezaron a tirar mantas a la calle. Y un vecino llamó a los bomberos y acabaron comiendo todos juntos. Le da mucha pena ir a su pueblo y ver cómo va quedando todo hecho una mierda, el río donde nadaba...


    ¡El trabajo que le jodieron! En un bar de carretera la vida es otra cosa, es como si la realidad estuviera en otra parte. Tipos que aparecen borrachos con pulseras de plata y alardeando de haber echado un polvo en el cementerio. Y se bebe mucho, mucho más de lo que uno necesita beber. Una vez entraron en el bar tres tíos de Lugo con una ternera con las orejas cortadas, y hubo que echarle de comer a la ternera todos los pinchos que había sobre la barra... ¡¡¡Y ver cómo cinco putas despedían cantando y morreando a un muerto!!! Pero perdería el culo por volver a trabajar ahí. No está afiliado a ningún sindicato. No cree en Dios ni en la patria ni en ninguna de esas ideologías obreristas.

—En mi puta vida he entrado en una catedral.


   No piensa emigrar a ningún país. Si alguna vez se viera obligado a mendigar, lo haría en las calles de esta ciudad. Hace tiempo que dejó de tomar coca y esas otras mierdas que ofrecen por ahí. La última vez empezaron a salirle ratones de las manos y se pasó tres días temblando de pánico.


    Así que le jodieron el trabajo y no le hablen de que nunca haya habido tantos parados en esta tierra y todo ese rollo capitalista... Así palpita el historial de su cerebro hendido. Caen banderas con vísceras de dolor. Cruzamos el puente del Centenario y esas jaras de mayo hasta el Sil... Y mañana a perderse otra vez por los alambres de esta ciudad.

—En mi puta vida he recibido dinero negro.